Hay momentos en la vida que nos obligan a detenernos y pensar.
Uno de ellos es estar en un funeral. No importa a quién conozcas ahí, el ambiente mismo te empuja a reflexionar. Y con los años he llegado a esta conclusión: la mayoría de las personas no tiene tanto miedo de morir, sino de llegar al final de su vida y darse cuenta de que nunca vivieron de verdad.
Vivimos en una cultura que nos empuja a acumular, a correr, a lograr más. Pero Jesús dijo algo completamente contracultural: que no pongamos nuestro tesoro en lo que se puede perder, sino en lo que permanece para siempre.
La historia de John D. Rockefeller siempre me ha parecido reveladora. Fue uno de los hombres más ricos de la historia, pero también uno de los más insatisfechos. Cuando le preguntaban cuánto dinero era suficiente, su respuesta era simple: “Solo un dólar más”. Y sin embargo, cuando estaba a punto de morir, entendió una verdad que muchos no quieren aceptar. Al preguntarle qué iba a dejar atrás, respondió: “Todo”.
No podemos llevarnos nada de lo que acumulamos aquí. El dinero, las posesiones, los logros… todo es temporal. Por eso la pregunta no es cuánto tenemos, sino en qué estamos invirtiendo.
He aprendido que las personas verdaderamente generosas viven con una perspectiva distinta. No miran solo lo inmediato, miran lo eterno. Entienden que lo único que trasciende esta vida es una relación con Jesús. Y entienden también que la iglesia existe para eso: para ayudar a las personas a encontrarse con Él.
Cada vez que damos, no solo estamos cubriendo una necesidad presente; estamos sembrando en algo que va a durar más que nosotros. La riqueza va y viene, pero la obra de Dios sigue avanzando. Por eso vale la pena preguntarnos con honestidad:
¿Estoy viviendo solo para lo que veo hoy, o para lo que Dios prometió para la eternidad?
También he aprendido que la generosidad no funciona sin decisiones claras. La indecisión nos estanca. Un corazón dividido entre confiar en Dios y aferrarse a lo propio termina debilitando su fe. Vivir con Dios implica decidir, y decidir con firmeza.
Ser generoso no es algo que se improvisa ni algo que depende del momento emocional. Es una decisión pensada, planeada y sostenida en el tiempo. No se trata solo de un porcentaje, se trata de una convicción. Cuando decidimos vivir con una mentalidad generosa, dejamos de reaccionar y comenzamos a vivir con intención.
Y algo más: la generosidad es una señal de crecimiento.
En la Biblia vemos iglesias llenas de fe, conocimiento y amor, pero el apóstol Pablo las anima a crecer también en la gracia de dar. Porque dar no es una carga, es el fruto natural de una fe que ha madurado.
Con el tiempo, Dios ensancha nuestro corazón. Aprendemos a soltar el miedo a la escasez y a confiar en Su provisión. Entendemos que donde está nuestro tesoro, ahí termina estando nuestro corazón.
Invertir en lo eterno no es perder.
Es la decisión más sabia que podemos tomar.
— Pastor

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